El árbol de la vida: Una contradicción satisfactoria



 








Resulta muy interesante cuando redescubres una película con la que tiempo atrás no habías conectado o que, directamente, no te había gustado nada. Diría que esto es algo que suele pasar con bastante frecuencia en general. Pero todavía es más interesante cuando una película cuyo mensaje no conecta para nada (o muy poco) con tu forma de pensar y de ver la vida y aun así te fascina y te vuela la cabeza cinematográficamente.

Pues eso me ha pasado con El árbol de la vida, una película con un discurso esencialmente conservador y capillita, bastante vinculado a la religión y a la familia tradicional pero que me ha impactado muchísimo a nivel técnico, a nivel narrativo y a nivel emocional.

Terrence Malick es un director con el que tengo mis más y mis menos. Sus dos primeras películas, Badlands y Días del cielo, me parecen dos obras maestras en su terreno (el drama rural). En cambio, La delgada línea roja, considerada por mucha gente como una de las grandes películas bélicas de la historia del cine, me disgusta considerablemente. Su posterior regreso con esa especie de reverso contemplativo de Pocahontas que es The New World me encantó. Por último, Knight of Cups y To the Wonder (las otras dos que he visto) me parecen un severo coñazo.

Pero es en El árbol de la vida donde alcanza la cima de su carrera y se marca una apoteósica película la cuál, habiéndola visto bastante recientemente, se ha convertido desde ya en una de mis películas favoritas y en una de las mejores que he visto en mi vida.

En esencia, la película trata una relación de una familia tradicional de los años 60 entre un hijo y sus padres, con sus hermanos también de por medio. A la vez, tenemos también al propio niño de mayor recordando y reflexionando sobre su infancia y el impacto que han tenido sobre él.








Lo interesante es que el film de pronto deja de tener una estructura convencional y deriva en un auténtico festival donde la reina la libertad creativa, la experimentación y la vanguardia. Malick no escatima en poner la cámara en donde le da la gana (con un gran criterio estético, eso si), en ofrecer gran cantidad de variados recursos cinematográficos y en ejecutar ideas loquísimas e impredecibles en cuanto a narrativa visual.

A su vez, es una película poseedora de una belleza admirable, tanto por sus espectaculares imágenes como por su capacidad de emocionar al espectador en base a las frágiles relaciones entre los personajes. Juntando esto con ese carácter experimental y casi abstracto que se muestra, podríamos hablar de una obra que posee incluso poesía visual, fusionando esa naturaleza abstracta y metafísica con las imágenes portentosas que la cinta es capaz de ofrecer, dándole un empaque muy especial el uso de piezas de música clásica como el Requiem de Berlioz, generando un ambiente incluso ominoso.







Las interpretaciones también ayudan a todo esto. Tenemos a un Brad Pitt más contenido de lo común (en general), un personaje incómodo, rígido e incluso atormentado, un padre de familia severo y tremendamente cuestionable, superado por la crianza de sus hijos y por el intento de mejorar en el trabajo. Mientras, Jessica Chastain encarna de manera sobresaliente a una madre bondadosa, cálida y sobre la que recae el peso de las miserias y desechos que dejan el resto. También destaca Hunter McCracken, que interpreta a un niño inseguro, perdido en la vida y confuso con respecto a la relación que tiene con su padre.

Sencillamente, El árbol de la vida es una película que me ha fascinado y me ha pasado por encima como si de un tráiler se tratase, a pesar de lo problemática que me pueda parecer en algunos aspectos a nivel ideológico y político. Sin embargo, cuando una película es tan abrumadora y te apasiona tanto cinematográficamente, no puedes hacer más que dejarte llevar y disfrutar del viaje.



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